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Curaduría a cargo de Alejandro Amdan, fotoperiodista.
Las Madres daban vueltas en la plaza. No podían detenerse, porque el movimiento era su forma de resistir. La dictadura quería que fueran sombras, que se cansaran, que desaparecieran. Pero ellas insistieron en la memoria.
Nosotros, los que mirábamos a través del lente, también éramos sus hijos. Nora lo sabía. Nos contaba, nos cuidaba. Al terminar cada ronda, nos buscaba con la mirada, uno por uno. No podía permitirse otra ausencia. No podían faltar más nombres en la lista infinita de los que ya no estaban.
La dictadura quería borrar las pruebas, pero ellas las salvaban. Las fotos que no salían en los diarios encontraban refugio en sus manos. Cruzaban fronteras, hablaban otros idiomas, rompían silencios. No eran solo imágenes: eran testigos, eran pruebas, eran gritos.
Cuando Nora entraba en una redacción, no preguntaba si todo estaba bien. Lo sabía. Solo miraba, asentía, seguía adelante. Porque sabía que la memoria es un músculo: si no se usa, se atrofia. Y si se atrofia, triunfa el olvido.